La tortilla puede esperar

La tortilla puede esperar.

Suena Lana del Rey, con un clásico de película.

Ella se baña, aunque apenas cabe ya en la bañera de bebé que aún conservo.

He batido los huevos, mientras la patata y el calabacín se freían. Añado la cebolla un poco más tarde. No sé de quién aprendí a hacerlo así, pero hace la tortilla más sabrosa. Creo que al innombrable nunca le gustó así.

Tengo un dolor en la boca del estómago. A veces aparece como una piedra taponando un conducto. A veces es simplemente un dolor, como un pìnchazo.  Me sorprende, como siempre, la explicación emocional. Quizás porque me identifico claramente. Y porque llevo una semana repitiendo justamente lo que leo literalmente:

“No necesitas decirle a tu cuerpo cómo ser un cuerpo ni cómo digerir. Lo mismo sucede con tu entorno. Todos y cada uno tenemos una manera diferente de ver la vida. No es casualidad que el estómago esté ubicado en la región del corazón. Debemos aceptar a todos con amor, es decir, aceptar las particularidades de todos y cada uno. Los pensamientos que alimentas del tipo “es injusto”, “no es correcto”, “es idiota”, etc., no te benefician: bloquean tu evolución, así como tu estómago bloquea la digestión. Si te vuelves más tolerante hacia los demás, tolerarás mejor los alimentos que ingieres”

Y recuerdo a Vicens, cuando me decía que mi cuerpo era una esponja agradecida, pero últimamente no lo siento así.

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