Las casas que se habitan

Estos días, esas noticias espantosas sobre guerras mundiales (¿no lo son todas?¿no es cualquier guerra una guerra del único mundo que tenemos?), nos dan la oportunidad de reflexionar sobre la suerte que tenemos de vivir en la parte del mundo en que vivimos (a pesar de muchas cosas). Esta parte del mundo donde podemos soñar muchas vidas, aunque luego tengamos la que tenemos, en el destino que hemos podido, poco o mucho, intervenir.

Por eso quizás intento hacerle ver a Maria la oportunidad que puede ser mudarse de casa. Como la serpiente que muda de piel. Y seguramente, como ahora estoy sensible y preocupada por esa segunda capa que es nuestro hogar (la primera es nuestro cuerpo, y da para otro post) me fijo en detalles que para otros no tienen importancia. A saber:

El felpudo

Los primeros días que nos quedamos a dormir (ahora apenas hace 10 días), Maria lloraba. No quería quedarse en esta casa que no sentía suya y a la que había venido tantas veces de visita. Hicimos una lista de cosas que le gustaban de esta nueva casa, y de las cosas que no, intentando jugar a esa absurdidad que es la compensación, pero sobretodo para buscar solución a todo lo que no nos gustaba.

Luego hablamos de cómo esta casa iba cambiando a medida que la íbamos habitando y como poco a poco se hacía nuestra. Pero que una casa no es completamente de uno hasta tiene un felpudo propio que es quien realmente te recibe en casa. Recordé un felpudo que vi en Madrid, a un antiguo vecino de Estrellita, con una frase como “You? Again?”. Buscamos un felpudo que nos gustase, para hacer un pequeño ritual que nos permitiese habitar la casa en la que ahora estamos y nos quedamos con este:

felpudo

Y le dimos las gracias al felpudo por dejarnos entrar en este nuevo hogar. Maria la mayoría de los días se quita los zapatos al entrar… “¿Dejaste también los malos rollos fuera?”. “Sí, mamá!”

La luz

Las primera veces que entré aquí le decía a Rosa: “Anda, baja un poquito las persianas, que me molesta tanta luz”. Era así. No podía evitar entornar los ojos. Parecía una china pululando por la casa y poniéndome de espaldas al enorme ventanal que es un espectáculo diferente cada día

La ciudad

Desde aquí cambia la perspectiva, sin duda. Hemos dejado de vivir en medio de los zombies para verlos desde una atalaya.

 

ciudad

 

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