L’Empordà

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Uno puede entender que alguien se enamore de un lugar cuando puedes sentarte a contemplar un amacener desde un lugar como este. Cuando puedes quedarte un tiempo indeterminado sentado en una silla, incómoda, sin hacer nada, sólo extasiado por un paisaje. El paisaje tiene todos los ingredientes: un mar claro y calmado, una bahía rodeada de casas blancas con puertas azules, una iglesia antigua, blanca e con un torreón iluminado, una montaña tras el pueblo y pinos aquí y allá, decorando el paisaje. Uno tiene la sensación de haber llegado al lugar donde no le importaría morir si además la gente es amable, a pesar de sus tramuntanas, y parecen no tener prisa, y te hablan, sea cual sea el idioma, con un acento que no podrías distinguir si sus padres son franceses, murcianos o del centro de Girona.

Yo no sé si me cansaría de un lugar como este. Aunque sólo sirviese para descansar

 

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