Lugares donde siempre llueve

Duermo desordenado.

Me despierto a esa hora extraña en que no está claro si la ciudad se acaba de dormir o se está despertando. Se mezclan las vidas de algunos con los sueños de otros. Me siento en el taburete de Ikea que igual sirve para alcanzar el bote de harina que guardo en la parte más alta de la cocina como para tomar un café mirando el horizonte.

Ahora que tenemos horizonte.

Si me esfuerzo, desde aquí diviso la ciudad que me vió crecer, la torre de la iglesia junto a la que he vivido casi todos estos años desde que me separé, el instituto donde trabajo,  el hospital donde nació mi hija, el mercado donde compro la verdura… Y entonces caigo en la cuenta que, con suficiente distancia, mi vida cabe en la palma de mi mano. ¿No caben todas las vidas en la palma de una mano?. Excepto la de aquellos que ahora viven en Idomeini. Ellos, que anduvieron tantos pasos que ahora no sabrían recorrer el camino de vuelta. Ellos, que ya no saben mirar atrás porque atrás todo es terror, y guerra y hambre y no podemos buscar el dolor en nuestras propias manos.

Me hago un café, aún corriendo el riesgo de no volver a dormir. Pero es que si he sido capaz de levantarme, ir al lavabo, recoger los platos que anoche se quedaron por recoger, poner el lavavajillas y sentarme aquí a escribir, contemplando una ciudad que no siento mía pero a la que me voy adaptando, es que quizás no voy a dormir más.

Como el yonqui que repite continuamente “me estoy quitando”.

Miro a mi alrededor y todo está desordenado. Siento que he aterrizado con cosas y cajas sin haber hecho una limpieza de todos esos hilos emocionales que voy arrastrando. Y así no. Seguir requiere un esfuerzo. Vivir requiere un esfuerzo. Porque lo fácil sería dejarse, como he hecho estos años. Que el balanceo de la vida te lleve donde quiera. Y a lo mejor es el momento ahora de volver a tomar decisiones.Y le pido a mi cuerpo. Y pido por mi cuerpo. Llevo días que siento cosquilleo por dentro, y luego alguna extremidad se paraliza. Y me cuesta respirar. Y siento algo pegajoso en mis pulmones y pesadez en la cintura. Si escarbo, entre las uñas encuentro tierra de mis antepasados y en mi cabeza los sueños para mi futuro. Alguien me dice que esté atenta y alerta, porque la vida es un regalo y hay que saber abrirlo para no estropearlo.

Ven, siéntate junto a mí. Recostémonos uno junto al otro y miremos las formas caprichosas de las nubes. El cielo aún está oscuro pero puedo percibir como el viento se lleva los cumulonimbos hasta ese lugar que sólo tú y yo conocemos, ese lugar donde siempre llueve.

 

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