Echo de menos

Echo de menos tus ojos azules. No, no son tus ojos. Es tu mirada la que echo de menos. La mirada de la madre que todo lo puede y es capaz de empujarte hasta donde tú sola no eres capaz. Quizás por eso el domingo, a pesar del cansancio, fui a buscarte. Necesitaba mirar en el fondo de tus ojos y descubrir, como tantas veces, que sigues creyendo en mí y que sólo por eso vale la pena intentarlo.

Después lloré. Lloré recordando otros tiempos. Aquellos en los que entrabas cantando en la residencia y yo, pudorosa, te pedía que no lo hicieras. Tú te reías y me decías: “Si a mis viejos les gusta”. Y sí, todos te querían y sonreían. Aunque fuesen otras las que los llevaban al water o les daban de comer.

Echo de menos tu energía. Tus ganas de vivir, de viajar, de hacer.

Y me agobia enormemente que  continuamente me digas que me quieres, aunque siempre he sabido que era así, porque antes no me lo solías decir, y ahora es lo que más repites. Como un mantra, instalado en tu cabeza. A pesar de eso, prefiero que lo sigas diciendo. Quizás por eso entiendo tanto a Aida, cuando dice que echa de menos a su madre. Porque no sé dónde voy a mirar cuando tú ya no estés.

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