El baúl de las monedas

El fin de semana pasado volví a casa. Cuando digo “casa” pienso en el lugar al que pertenezco, y eso es Galicia. Aunque  en realidad nunca haya vivido allí , cada día tengo más claro que es el lugar donde quiero morirme. Mientras, la vida me mece.

Apenas fueron dos días, con sus dos noches. Viajamos en avión, y eso entusiasmó a Maria. Recorrimos mil kilómetros para reunirnos tíos, primos e hijos de todos junto al hermano mayor de mi padre. Quería celebrar su 80 cumpleaños aquí, rodeado de su familia (la de aquí). Así que él recorrió 7000 km, desde Miami, y se vino con su cáncer encima, ese que está superando con fé y rodeado de la gente que le quiere.

Fue un encuentro bonito y todos tuvimos detalles para él. El mío fue un pequeño escrito que, a pesar de la vergüenza que siempre me da esto de leer en público, leí ante todos.

“Somos recuerdo. Y eso nos hace inmortales. Porque los recuerdos es lo que quedará en la memoria de los otros cuando nos hayamos ido. Cada uno fabrica sus propios recuerdos a partir de la vida. Y eso nos hace humanos, porque nos convierte en imperfectos. A partir de un mismo suceso, cada uno recuerda cosas diferentes y construimos recuerdos a nuestra medida.
No sé cuánto de verdad hay en lo que hoy os voy a contar.

baúl 1 En mi casa hay un pequeño baúl de madera lleno de monedas. El baúl tiene el tamaño de una caja de zapatos y perteneció a mi bisabuela materna. O no, pero así lo recuerdo. Las monedas me las trajo un tío paterno, que vivía en América.  Las ganó trabajando en un aeropuerto internacional, y había sido su propina. Durante varios años, o no, pero así lo recuerdo, me trajo bolsas de monedas que se fueron acumulando, y que para mí se convirtieron en un pequeño tesoro. Es posible que él ni tan sólo lo recuerde, pero para mí aquellas monedas fueron un auténtico tesoro que enseñaba a mis amigos cuando venían a casa y les explicaba que me las traía mi tío Pepe, el hermano mayor de mi padre, que vivía en Nueva York. Vivir en América ya era una aventura. Tener un tío en América era una aventura.

baúl 2Mi hija juega con esas monedas ahora. Esas que tú me trajiste hace más de 30 años y que me ayudaron a construir un universo interior. Viajé a lugares a través de aquellas monedas. Las documenté, las clasificaba por formas, por tamaños, averigüé de qué país venía cada una, imaginé historias para cada moneda.

Hoy te quiero dar las gracias por todos los recuerdos que dejas en mí, todos estos años. También por aquellas monedas que van a ir pasando a mi hija y espero que a las hijas de mi hija, formando parte de una herencia con más valor emocional que ningún otro legado. Pero sobretodo, te quiero dar las gracias por estar aquí, por querer estar aquí, y por compartir este momento con todos nosotros.

Te queremos. Te quiero”

Luego estuvimos recordando otras cosas, con la tía Amparo y con él. Ando buscando la Cabbage Patch Kids que me trajeron un año, cuando aquí a España todavía no habían llegado. Creo que fui una de las primera niñas en mi colegio que tuvieron una, con un certificado de adopción incluído. Yo debía tener diez u once años y aún recuerdo la emoción de recibirlo.

Es una enorme oportunidad poder escribirle a alguien antes que se vaya. Poder decirle lo importante que es para ti y lo que lo quieres. Y es una pena que no lo hagamos más a menudo. Creo que esta también es una lección que me ha dado mi tío Pepe y que pienso hacer con todos los que tengo alrededor. Antes de que nos vayamos todos.

Nos emocionamos y  nos prometimos reencontrarnos el año que bien. Que así sea.

 

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