Amanecer con Anne Michaels

El lunes Nati estuvo interpretando mi Carta de Pilares.

Recuerdo un viaje a un lugar inhóspito. No sabría decirte si era Escocia o Noruega. O quizás es algo que no he vivido aún. Y si tuviera que ponerle música, sería algo así. Circulábamos por una carretera infinita que parecía no llevar a ningún sitio. No sabría decir si conducía yo o no. Ni siquiera tengo claro que no viajase sola. ¿No son en solitario todos los viajes?. Lo que está claro es que regresé sola, y más fuerte.

La primera vez que ella abrió mi carta sonrió. Primero exclamó: “¡Cúanta agua!” y luego dijo, claramente y sin dudar: “esta es la carta de una escritora”. A mí aquello me retumbó en el corazón, y al salir de allí, comencé a llorar. No pude dejar de llorar hasta llegar a casa. Y a pesar de que había sido bonito, clarificador y contundente … a mí me vinieron a la cabeza todas las veces en mi vida que alguien me dijo: “Tienes que escribir” y yo sonreí. Lloré porque ahora tenía la certeza que había estado esquivando mi destino.

¿Qué es lo que te hace más feliz?, me repetía una y otra vez. Escribir y viajar, me decía por dentro. Hacía días que había reservado un billete a Berlín para Septiembre, aprovechando que había podido descambiar una oferta que el año pasado había sacado para ir a Londres (y al final no he podido ir, esos planes que cambian). Y había decidido que escribiría sobre viajes. Que quería viajar y escribir. Y me acordé de Javier  Reverte y del día que vino a la escuela de fotografía a explicarnos sus aventuras.  Y busqué mis diarios de viajes. Y seleccioné tres: el de Turquía, el de China y el de Egipto. Sobretodo el de Egipto.

La segunda vez que leyó sobre mi carta aún me sorprendió más. “Es una carta difícil”, dijo sonriendo, “quiero decir, que me va a costar interpretarla”. Siempre pensamos en negativo. Salí enfadada. Me pregunté porqué mi carta tenía que ser difícil, si ella parecía ( y es)  muy intuitiva. “Lo que pasa es que seguro que hay algo que no quiere decirme”, pensé. Y lloré. Menos y más flojito. Pero tuve que llamar a una amiga para que se me pasara la rabia.

Amaneció con lluvia. Era una lluvia suave (muy yin, diría ahora, totalmente Gui). Me desperté a las seis, que es la hora en que amanece. La ciudad se divisa a mis pies y aún están encendidas las luces de las farolas. El sol aparece por detrás de mi edificio y se refleja a lo lejos en otro edificio de cristal. Es espectacular. Me preparé un café y me senté en el sofá. Empecé una nueva novela que había comprado hace meses y aún no había podido leer: “La cripta de invierno“, de Anne Michaels. El poeta hace tiempo me dijo que mi prosa se parecía a la de Anne Michaels y leyéndola me digo para mí que ya me gustaría a mí escribir como ella. Estoy fascinada por sus descripciones y su narración tan lírica. La historia sucede en Egipto  (justamente) y el protagonista es uno de los ingenieros que ideó el traslado del templo de Abu Simbel desde su ubicación inicial a la actual (67 metros más arriba) ya que iba a quedar totalmente inundado por la construcción de la presa de Asuán.

El lunes finalmente, Nati interpretó mi carta. Hasta donde pudo. Porque hubo un momento que confesó que ya no podía interpretarla más, que no sabía, que tendría que pedirle a Joseph Yu que me la interpretase, porque era una carta extraordinaria. Que sea extraordinaria no quiere decir más que se interpreta de manera no común. Y que es extraordinaria, y yo añadiría  extraña …mente fuerte. Y que la manera de trabajarla no es “equilibrando” con los elementos que faltan sino siguiendo al elemento del cual eres tendencia. Agua. Soy agua. Y mi día maestro es Gui You, exactamente igual que el lunes 20 de junio del 2016, que  fue el día en que me interpretó la carta.

Necesitaba escuchar una voz conocida. Lo más conocida y cercana a la niñez que recordase. Necesité oir su voz, que me contará alguna tontería, que me hiciera reír un rato. No podía soportar la carga emocional que tuve que recordar. Mis años buenos y no tan buenos.  Comprobar si el agua me había aportado cosas buenas o no me trajo a la cabeza momentos delicados de mi vida. Y yo necesitaba oir una voz antigua y la busqué a ella. Y recordé aquel día en que vino a ayudarme con una mudanza que yo sóla no era capaz de hacer. Y me bajó todas las plantas, porque todo mi empeño era llevarme todo lo vivo de aquella casa, que hacía tiempo había muerto. El jazmín, el helecho, las crasas…. Y yo con mis muletas y mis lágrimas, y ella sudando arriba y abajo desde un séptimo. Vivo en un séptimo ahora. Otro séptimo. Pero desde aquí ya no se divisa la montaña. Dice María que le cansa este paisaje, que le gustaría más mirar hacia el Montseny. Ese año, justo ese año, viajé a Abu Simbel, me bañé en el Nilo, entré en varias pirámides, escuché el silbido de los colosos de Memnon  y las piedras  que pisé del templo de Tutmosis III y de Hatshepsut me transportaron a otro tiempo. Fue un buen año, a pesar de todo. A pesar de las huídas y las despedidas siento que volví a nacer.

Eso también lo dice mi carta.

 

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