La abuela

Hoy no puedo dormir. Estos días, cuando no puedo dormir, pienso en ti. O igual como pienso en ti, no puedo dormir. Me he levando a “resopar”. El “resopar” es eso que tú llamabas el “picnic nocturno”. Te levantabas a media noche, o de madrugada, y picoteabas en la nevera. Siempre comiste desordenado, en esa vida desordenada que te empeñaste en tener. Hoy había hecho cuscús para cenar, con tomate crudo,  calabaza asada y pasas. Como ya no quedaba calabaza le he añadido queso y aguacate. Para ser las 2:30 no está mal.

Le he pedido a la abuela que vaya a buscarte. Sé que ahora la necesitas tú más que yo. No te asustes si te toca el pelo. Yo aún la siento a veces, como cuando era niña. Me atusa el pelo y me dice: “¡Qué pelo más bonito tienes, niña!”. Ella no sabía que los brasileños inventaron una palabra para eso: “cafuné”. Déjala que se siente a tu lado, o detrás tuyo. Le gusta susurrar en el hombro derecho. A veces, si me esfuerzo, puedo escuchar su voz.  Pero hoy quiero que vaya a buscarte. Aún corriendo el riesgo que se quede contigo. No quiero que estés sola, ni que te sientas sola. Quiero que vuelvas. Que me cuentes historias, que me vendas “las motos” que quieras, que te rías como solías hacerlo.

Te he llorado intentando recordar qué nos pasó por el camino. Cómo no he sabido recuperar la princesa que perdí. Y porqué sentí en algún momento que me hiciste tanto daño sin merecérmelo. La enfermedad es una oportunidad para aprender y mejorar, me repito, intentando buscar razones que quizás no existen.

Ojalá la abuela te encuentre. Y tú dejes que te meza el cabello.

Ayer te soñé perdida. Y hoy te echo de menos.

Ana

psicotacto-graciasAna es una superviviente. Lo sé.Lo supe el primer día que la vi. Sobrevivir a un hijo que esperas y que no acabó de llegar te convierte en una heroína. Siempre.

Cuando abrí los ojos, después de ese viaje al que ella me suele llevar, lo primero que vi fue ese cartelito de madera que cuelga del pomo de una puerta interior que no parece llevar a ningún sitio. Gracias. No sé si las gracias me las daba ella a mí o yo a ella. Porque así debe ser. Un intercambio de experiencias en que ella me ayuda a llegar y a conectar con lo que yo sola no puedo. Así lo senti hoy. Yo vine a trabajar el sobrepeso, y la imposibilidad de hacer dieta y ejercicio  sola, como hasta ahora siempre había hecho. Entonces ella y todos ellos, me ayudan a conectarme con “otra cosa”.

Hoy fui loba. Fui la loba que dirigía una enorme manada de lobos. Hubo una helada. El niño de ojos oscuros murió. Lo enterraron en una caja de cristal, envuelto en trapos azules. Me miró a los ojos, antes de cerrarlos por última vez. Yo pude ver el miedo que había sentido toda su vida. Y después me llegó su paz.

42eFui loba caminando por una montaña helada y también por una pradera dorada. Cuando todo estaba en calma, y el viento y el sol me daban en la cara, y yo caminaba tranquila, junto a mis cachorros y entre mi tribu, me pidió que abriera los ojos. No podía. No quería. Sólo lloré y le dije que no quería estar aquí.

No puedo llamarlo. No sé qué me pasa. Pensé que el trabajo con Ana me permitiría enfrentarme a los monstruos del pasado, al sentimiento de abandono que algunos hombres (no todos) me han dejado en el cuerpo. Él fue el primero, y no puedo cogerle el teléfono. El hombre que más quieres es también el que más odias. Y no siempre  puedes guardar el odio en el bolsillo y hacer como que no pasó nada.

Y luego un extraño mensaje, de alguien que después de tres meses sin saber de él me escribe como si me conociera. Pero no, ya no me conoce. Ni yo a él. Pudimos serlo todo, y somos dos auténticos desconocidos.

El amarillo le trajo a Ana un nombre: amarillo como la cerveza, me dice, comoa la Estrella de Galicia. Me dio un poquito un vuelco el corazón. De todas las cervezas rubias del mundo ¿por qué precisamente esa?