A veces

A veces el pasado no me deja dormir. No porque haya nada de lo que me arrepienta, ni tenga algún remordimiento, aunque soy consciente de que todo pude hacerlo mejor. Siempre y cualquier cosa que uno piense, pudo haberse hecho mejor. Pero echo de menos algunas cosas que fui.

tumblr_oby2kzexir1trfawoo1_1280Echo de menos a la niña de ocho años que en ese momento no sabía que era tan feliz. Dibujaba muñecas recortables a mis primas, les hacía figuras de plastelina a las que les cambiaba la cabeza para cambiarles de ropa y escribía cuentos infantiles. Hacía menos faltas de ortografía de las que hago ahora, fruto de tardes de dedicación de mi tía Juana, que me hacía repetir las faltas diez veces o con la que repasaba las normas de puntuación. En verano, solían venir mis primos, Mariluz y Enrique. Echo de menos también a esa primas, que hace tiempo no está. Por las mañanas solíamos hacer excursiones y por las tardes redacciones y dibujos sobre lo que habíamos hecho.  Recuerdo especialmente una salida a Mura. Su madre, empeñada en demostrar que su hija era mejor, que escribía mejor, que dibujaba mejor,… en realidad nunca lo consiguió. Yo observaba aquella triste competición de madre, que se quedaba sola, porque la mía nunca participó, y sonreía. Veía a mi prima y a mí, que compartíamos aficiones, cartas y secretos y nos sonreíamos. Ambas éramos buenas escritoras y buenas artistas, con apenas 8 años, cada una con un estilo. Pero echo de menos esas niñas que fuimos. Comimos en Mura, paseamos por aquellas calles empedradas. Recuerdo a mi tío Juan Manuel. Recuerdo una carretera de curvas y un enorme arco de piedra, que ni siquiera sé si existió, lleno de hiedra. El otro día una compañera habló de Mura, que su abuelo era de Mura, que tiene una casa en Mura y me vinieron esas imágenes enredadas en la memoria.

Echo de menos algunas personas que quedaron en el pasado. Aún siendo consciente de que así debe ser. A Marta, que siempre que llamaba a casa preguntaba por mí y no por su tío de sangre. Y si curioseo por la red la encuentro preciosa con dos churumbeles. Qué mayor se ha hecho y qué bonita está. Echo de menos algunos momentos de aquella vida en común. Aunque sin aspavientos, porque intento no dejar resquicio para que entre el innombrable en esta casa, ni en este cuerpo. Sin embargo, echo de menos las noches de sábado en que los amigos venían a casa a cenar, y acábamos a las tantas arreglando el mundo o jugando a algún juego de mesa, o sólamente escuchando buena música y mirándonos unos a otros, reconociéndonos.

Y en las noches oscuras, a veces vuelve el llanto, recordando emociones que no quiero recordar. Lo peor de mí vuelve a salir a la superficie y deseo que esa madre sienta con alguna de sus hijas lo que la mía sintió por mí. Cuando una de ellas le diga “quiero morirme” y ella tenga que escucharlo, y del fondo del corazón le salga como un silbido una plegaria “valientehijodeputasipudieratemataba”. Y siento algo así como una necesidad vital, que la justicia cósmica exista, y me sale de dentro un “ojalá algún día….”, como si ellas tuvieran que pagar un daño que hiciste tú. Sé que podría evitarlo. Pero el odio es algo que se pega en las paredes de las entrañas y a veces, si hurgas y rascas, el resquemor aparece. Igual del roce, un día las paredes quedan suficientemente limpias para olvidar. ¿Perdonar? No, perdonar no se perdona. Yo no te perdono. Quizás debería creer más en Dios y menos en el hombre.

 

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