Los abrazos que me faltaron

No recuerdo muchos abrazos en mi niñez. Ni mi padre, ni mi madre fueron especialmente cariñosos y eso que soy su única hija. No lo digo como un reproche, o quizás sí. Ni tampoco lo digo con nostalgia, ni rabia, ni dolor. Pero soy consciente de que me faltaron abrazos. Quizás por eso no hay día que a Maria le falte un abrazo, o dos o tres.  Es más, no hay día que me falte a mí. Los hijos son una oportunidad de curar heridas.

Lo pensaba estas Navidades, en que Maria se abrazó varias veces al panzón de su abuelo. De esa manera en que nunca le abrazó su hija. Quizás por temor. O quizás porque siempre tuve la sensación que no se dejaría, que no le gustaría. Pero ella es espontánea, a pesar de la timidez que nos acompaña, y sobretodo, ella ha sido una niña abrazada. Desde que estaba en la barriga. Recuerdo que mi madre me miraba y me decía: “Nunca he visto una embarazada que se toque tanto la barriga”.

Pero no podemos querer si no nos hemos sentido queridos. Y no podemos sentirnos queridos si no nos abrazan, no nos miran, no nos tocan o no nos besan. Los padres tenemos la oportunidad, y diría que la obligación, de no abrir heridas. Por eso hay que quererlos, tocarlos, abrazarlos, besarlos, acurrucarse a su lado… aún a riesgo de parecer que tienes una hija siamesa. Que así sea.

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