Madre

El invierno pasado se le rompió la espalda. Así, sin más. Sin caída ni nada. Parece ser que fruto de la osteoporosis. Quedó paralizada de diafragma hacia abajo. Perdió toda la autonomía que tenía. Entró un tiempo en una normalizada tristeza, que no podría asegurar llegase a depresión porque está completamente inmunizada medicamente a la depresión y a la ansiedad. A ratos lloraba, de esa manera que ella sabe hacer y que sabe que a mí me da tanta rabia. Viniendo de ella, de mi madre, nunca me he creído sus lágrimas. Qué injusta siento que he sido con ella en ese sentido, pero siempre he creído que es la mujer fuerte, optimista y alegre que es, así que me parecen imposiblen sus tristezas. Diría que no sabe llorar.

Hace un mes tuvo una neumonía. Yo la vi cómo decaía en la camilla de urgencias por momentos y en cuestión de horas el médico me decía que era muy complicado, que no veía que evolucionase favorablemente y que lo mejor, en su situación, era que ella estuviese tranquila. No había posibilidad (ni tampoco queríamos) de UCI, ni entubarla, esperando un milagro que, el médico repetía, no se produciría. A cambio, le inyectaron un antibiótico de amplio espectro y sólo quedaba esperar a que ella reaccionase. O eso, o lo peor. Nos metieron en un «box» en urgencias (después de varias horas de pasillo) y estuve toda la noche a su lado. A ratos tocaba su corazón, y comprovaba aliviada que aún funcionaba. A duermevela me venían imágenes de mi abuela (su madre) y de la abuela Concha (su abuela paterna). Yo les pedía en sueños que me la dejasen cinco añitos más. Se despertó en la mañana preguntando si allí no se desayunaba, y yo reía pensando que lo peor había pasado.

Ayer me envió un video caminando con el caminador. No sé de dónde saca toda esa fuerza, esa energía, esas ganas de conseguir lo que se propone, pero puedo asegurar que así ha sido también conmigo. Ella siempre ha sido mi hélice.

 

Ushuaia

ushuaia-1200_optSi hay algún viaje pendiente es la Patagonia. Lo tengo en la cabeza desde que vi la película La puta y la ballena. Las imágenes (la fotografía) son (es) tan impactante que no pude evitar hacer de inmediato un click en la carpeta de pendientes. Ya me llamaba la atención la Patagonia, y el Perito Moreno, y todo lo que huela a fin del mundo. Y si hay algún sitio concreto al que quiero viajar, es a Ushuaia. No sé explicar qué me remueve en el estómago esas casas de colores, esas montañas poderosas que huelen a nieve perpetua y esa idea de estar en uno de los confines del mundo. Argentina bien vale un mes. O una vida.

Debe ser que ahora estoy impactada porque alguien que conocí hace tiempo está en Ushuaia, esperando para embarcar en un rompehielo que lo llevará a la Antártida (me das mucha envidia…. que lo sepas). Yo siempre pensé que a la Antártida sólo van científicos locos y pingüinos, pero se ve que no, que ahora puedes ir de turista.

Aparte, la lista de cosas que hacer en Argentina (algunas topicazos, claro):

Y una ve todas estas fotos… y dan ganas de comprar mañana mismo un billete de avión.

 

 

 

 

La vida en un chalet adosado

63531027El aburrimiento (de dormir) consigue que me despierte a las cuatro de la mañana. He descubierto que es mi hora más creativa, pero antes me esperaba despierta a que llegase y ahora me despierto en la madrugada.

Aún en la cama, reviso correos, doy una vuelta por las redes sociales y leo blogs. Y saltar de una a otra cosa me lleva a acabar leyendo unas notas de alguien en el Facebook. No tienen más pretensión que dar visibilidad a lo cotidiano, pero de tan sencillo que es me parece precioso. Y es que uno puede tener una vida maravillosa en un chalet adosado de las afueras de Madrid.  Y explica las enfermedades comunes de sus hijos o la salida al cine con su mujer como algo realmente extraordinario. Ese debe ser el truco, me repito, mientras imagino otra vida saltando de continente en continente, que es lo que a mí realmente me parece extraordinario.

Y me pregunto qué hubiera sido de mi vida sin Maria. Lo hago desde el absoluto convencimiento de que los hijos nos salvan del abismo porque nos anclan a la vida. Pero también nos cortan las alas, si alguna vez tuvimos, para volar libres. Con la sensación de que traen lo mejor y lo peor con ellos. Y que es nuestro trabajo (duro) balancearnos en el equilibrio necesario para no tirarlos por la ventana en alguna ocasión (este comentario viene desde la  visión de la preadolescencia que habita esta casa). Y aunque intento convencerme que no, que hay gente sin hijos con vidas sencillas (de hecho, la mayoría de mis amigos que no tienen hijos tampoco tienen muchas más historias que contar que yo) y gente con hijos con vidas complicadas (escojo complicadas por no repetirme), no puedo evitar caer en el error continuamente.

Quizás por eso he empezado a estudiar árabe. Y estoy leyendo cosas que antes nunca me interesaron (como la Constitución y la legislación de la Unión Europea), entre lavadora y lavadora y corrección de examen. Porque continuamente sueño con otra vida, en mi empeño por no ser feliz.