Sara

A mí me gusta madrugar. Creo que es uno de los placeres que he descubierto con la maternidad. Yo era de trabajar hasta tarde. Quedarme a leer hasta las tantas y dormir durante la mañana. Pero con el tiempo…. con el tiempo prefiero despertarme con las primeras luces. Tomarme un café despacio junto al ventanal y ver cómo la ciudad despierta. Sentir el frío de la mañana mirando de cara a la montaña, con la vista de los tejados al frente y reconocer aquí y allá las diferentes torres que se alzan sobre el mar de tejas.

Las niñas duermen. Decir las niñas, así en plural, me emociona. La llegada de Sara a nuestras vidas ha supuesto un enorme  cambio. Es despierta y divertida, y aunque al principio no quería saber nada de mí, poco a poco se hace a la idea que voy a ser su referente durante mucho tiempo (en el fondo del corazón espero que para el resto de mi vida, pero con las acogidas hay que estar preparada para una posible devolución a las familias de origen). Estas semanas han sido difíciles y duras, pero sé que, en breve, estaremos bien. Maria, así de repente, se ha convertido en hermana mayor. Yo la miro y no me creo que ya no sea mi bebé. Pero ella prepara con amor la ropa de Sara, la ayuda a vestirse, a bañarse, a comer. Se insultan y pelean como hermanas y se nos cae todo al suelo cuando Sara, entre inocente y pilla le pregunta: “Maria, vols ser la meva germana?”. Se dan besos y abrazos al mismo ritmo que pellizcos y empujones. ¿El amor de hermano era eso? A mí me da cierta envida esa complicidad que se está estableciendo entre ellas, porque hasta empiezan a ignorarme, y a engañarme para comer más chocolate del que toca o comer menos brócoli del que les he puesto en el plato. La casa está patas arriba… pero siento que es lo de menos.