Madre no hay más que una

Aunque nos empeñemos en que podemos ser dos.

Apenas tiene cuatro años y hoy hace dos meses que la apartaron de su madre. Su madre, la que la llevó en las entrañas, aunque lo negara. La que la parió sola, en casa, y cortó el cordón con un cuchillo de cocina. La que se planteó adoptarla (y antes incluso abortarla), pero luego vio su carita y no pudo. Madre es ella. Yo soy sólo algo postizo. Y la quiero más cada día, porque además es una superviviente y se hace querer, porque necesita que la quieran, pero soy un añadido en su vida. E intentaré con todas mis fuerzas evitarle los máximos dolores, igual que haré con Maria, aún sabiendo que hay algunos que no le podré evitar.

Y estoy tan orgullosa de Maria, que de repente se ha convertido en la hermana mayor. Y se come los celos en días como hoy, en que Sara aguanta todo y me dice que no ha llorado cuando ha visto a su mamá, que le ha dicho adiós con la mano y me insiste que no ha llorado, que es una campeona y me sonríe, y me abraza. E incluso hemos podido esta vez poner estrellas en el calendario en las próximas visitas que haremos a su madre. Pero llega la noche y se sienta en la cama y le digo que vamos a dormir y se pone a llorar desesperada y me abraza. Y entonces Maria se encela y llora también y cuando se da cuenta se tumba junto a ella, le da la mano, les leo un cuento, sonríen y se duermen juntas. En días como hoy, me siento en el suelo de su habitación, a semioscuras, las miro y sonrío y pienso que qué bonito es tener una hermana que te dé los abrazos  (y también los pellizcos) que otros no han sido capaces de dar.