Breve crónica social de un pueblo-ciudad

8bc9ccfbc1e6b4c28c4e62ee1aa21272

Que no me gusta Sabadell diría que lo saben todos los que me rodean. Siempre me pareció la ciudad del “quiero y no puedo”. Quiero ser moderna, pero soy pueblerina. Tan pueblerina que tengo que aguantar una conversación de ascensor tipo: “¿Tú eres la profesora del séptimo? ¿la que va siempre con dos niñas? ¡Qué monas, son clavadas a ti!”. Lo que tiene la genética, señora, incluso con mi hija de acogida, que no compartimos ni un puto cromosoma. La ciudad del “quiero ser culta”, pero subimos las tasas de las Escuelas Municipales de Música y de Arte hasta que sólo las puedan pagar el ciudadano medio (de cultura media, de sueldo medio-alto, tirando al centro…). Quiero ser verde (que te quiero verde), pero no pasa de un grisáceo verdoso, con ese paseo de la Plaza Mayor (que ni es plaza, ni es mayor, que por poner un parking debajo y el metro del Vallés, no podemos ni plantar un árbol, pero ni se nos ha ocurrido poner un sombrajo, y unas buganvillas o unas glicinias que hagan sombra y hagan un bonito recorrido…. Y podría seguir con el quiero y no puedo, hasta el infinito y más allá.

Sabadell perdió su ideosincrasia  cuando recalificaron las parcelas que ocupaban las fábricas para construir pisos. Bonitos pisos que en pocos años parecen viejos, en vez de mantener y rehabilitar los muchos vapores que tenía (siguen en pie cuatro o cinco y tan excesivamente reconstruidos que apenas son atisbo de lo que fueron). Y sin embargo conserva ese sonido característico  del telar de lanzadera, las sirenas de las fábricas y el olor del tejido, que se impregnó en sus habitantes y muchos de ellos aún conservan en los dobladillos de los pantalones.

Pero vivo en Sabadell. Y ya llevo muchos años. Y también trabajo en Sabadell. Y digo yo que algún día tendré que reconciliarme con esta ciudad, aunque sea para tener ganas de volver a ella cada vez que me marcho (que no, no suelo tener ese sentimiento). Para colmo (de los colmos) me entero que el Innombrable se ha venido a vivir aquí, que digo yo que podía haberse quedado en su puto pueblo. Y aunque en todos estos años, curiosamente, no nos hemos cruzado, baste una mudanza para encontrármelo un día. Y soy capaz de salir en los papeles por violencia de género. Pero le meto. Juro que le meto.

*ilustración de Sara Reyes