Y si….

CapturaHubiera estudiado Arquitectura. Seguramente para acabar dando clases (incluso de matemáticas, como una compañera recién llegada), pero creo que hubiera tenido más opciones, o al menos otras opciones. Hubiera podido reformar una casa. O hacerme mi propia casa, como la mujer que más me impresionó de mi viaje a Turquía, y que aún recuerdo,  que estudió arquitectura sólo por construirse su casa.

Hubiera vivido más tiempo en más lugares fuera de mi país. Quizás un país nórdico. O unos años en Portugal o en Italia. Me hubiera, sin duda,  mudado  a Estados Unidos. Quizás a la costa Este. ¿Por qué no? O NY, la ciudad soñada (e idealizada)

No hubiera tenido hijos. No me arrepiendo, pero quizás no los hubiera tenido. Los hijos, una vez pasado ese momento de “sentir la maternidad”, no dejan de ser una hipoteca más, un pequeño lastre que te niega otras cosas (y no, no siempre te dan). O hubiera tenido más. Quién sabe. Si hubiese conocido al hombre adecuado, en el momento adecuado, y con más ganas de compartir conmigo.

Hubiera aprendido más idiomas. O al menos lo hubiera intentado con más ahínco. Cada día que pasa me siento más torpe, con menos fuerza para aprender una nueva gramática o más vocabulario. Y eso que no lo he vuelto a intentar con el alemán, ni con el euskera. Escojo lenguas latinas, cercanas, con sentimiento. Aunque una vocecita estúpida interior me diga de vez en cuando ¡qué tontería, a tu edad!

Hubiera vivido en el campo. Hubiera compartido una mesa larga, cual nona italiana, repleta de comida para los vecinos y amigos. Hubiera tenido gallinas y un par de cabras. Hubiera aprendido a ordeñarlas y a hacer quesos. Recoger frutos rojos en otoño y hacer mermeladas. Y cultivar tomates y berenjenas, y hacer pisto en conserva para el invierno.

Hubiera vivido algún tiempo en una gran ciudad. Y aunque a su manera lo hice en “mi” Madrid, escogería Londres, sin duda. Hubiera disfrutado más de los pubs, de los mercadillos: Portobello, Camdem… , de los museos y las Galerías de Arte, de Hyde Park por las tardes, de los musicales, de ChinaTown.  Hubiera escogido Islington o Bursbury Estate, si es que se puede escoger. Me gusta especialmente esa parte de la ciudad. Un poco norte, un poco este.

Hubiera viajado más. Mucho más. Seguramente de la misma manera que lo hago, pero más veces, más tiempo, a más lugares. Y hubiera repetido alguno (tengo muchas ganas de Egipto y de Escocia, no por ese orden).

Hubiera conservado algunos amigos. Algunos que he ido perdiendo por el camino, porque no, no todo se pierde (aunque lo diga Isabel Allende). Y seguramente, hubiera hecho por perder otros antes.

Hubiera amado más. Y mejor. Porque he amado mucho y a muchos, pero quizás no lo he hecho bien, y además, no me he querido bien. A la que más tenía que amar. Uno ama como espera que le amen a uno y cuando no se siente correspondido, con la misma intensidad o de la misma manera, se siente “desamado”. No siempre es así.

Hubiera hecho más ejercicio. Quizás en el momento que podía. Hubiera aprendido a correr, o a nadar mejor, o a montar en bicicleta mejor. Porque todo lo dejé a medias o no lo hice, y sentí que el deporte era más una imposición que un chute de endorfinas. Pocas veces lo he sentido así, y me ha costado mucho.

Hubiera leído más. Y mejor. Se me olvidan los nombres de los autores que más me gustan, o los títulos de los libros recién leídos.

Hubiera robado más cucharillas de los aviones. De cuando el café lo daban con cucharillas metálicas. Sólo tengo dos, de Lufthansa. Pesan más que el resto de cucharillas del IKEA que tengo en casa y son las que utilizo para tomarme el primer café de la mañana. Deberían de volver a dar cucharillas metálicas en los aviones, en vez de tanto palito de plástico. ¿Dónde van todos esos palitos de plástico?

Hay gente que, en una vida, se acumulan los “Y si..”.

 

La mancha incontrolable y la necesidad de controlar

CapturaSi hay algo que me fascina de las acuarelas es la falta de control. Dejas caer un poquito de agua con color y la mancha se esparce sin control (en catalán, la palabra para ese efecto es más evocadora: “escampar”). Con el tiempo, puedes guiar un poco hacia donde quieres que vaya, pero es, en realidad, una ilusión. Como el que quiere someter el cauce de un río. Lo mágico es que, a pesar de esa falta de control, puedes conseguir un resultado que te emocione. O, como en este caso, que aparente que ese manchurrón rojo sea una amapola (“rosella” en catalán y Papaver rhoeas su nombre científico). Si algo me gusta de la primavera, es tumbarte en un campo de trigo lleno de amapolas y ver las nubes pasar. Os aseguro que la imagen bucólica se deshace el día que subes a una cosechadora a trillar el trigo y te imaginas que vas a chafar a alguien despistado en medio del campo.

El contraste de las acuarelas es el día a día. Porque necesito cosas que me devuelvan cierta rutina y sobre las que tenga control. La pizza del viernes con las niñas, comiendo en la mesa pequeña frente al televisor viendo una peli familiar, o el pollo del domingo que vamos a buscar a la “Rostisseria” de la antigua plaça Marcet o el cuento de la noche que me invento para Sara (si estoy muy cansada recurro a los clásicos). En estos tiempos de incertidumbre, nos aferramos a esas pequeñas cosas con la tranquilidad del que sabe cómo van a acabar. Hay una palabra japonesa “nankurunaisa”. Viene a decir que te ocupes de lo que haces hoy y el mañana se resolverá. La versión más sencilla es “todo va a salir bien” o “el tiempo lo arregla todo” pero a ratos tengo mis dudas. ¿Y si esto es una situación más o menos permanente que ha dado al traste con nuestra vida, tal y como la conocíamos?. Ahí el miedo. Y la necesidad de fluir. Como si fuéramos acuarelas.

Aquarela. Toquinho (versión de Seguridad Social)