Los demonios vienen a verme

A veces los demonios vienen a verme. Intento no hacerles mucho caso, pero un run-run interior no me deja pensar con claridad. La cabeza se me llena de sueños incumplidos y siento que cada vez tengo menos tiempo y la vida se ha ido poniendo peor. Pero miro a mi alrededor, y no veo nada mejor. Y así es como ganan la partida.

Sólo veo mierda. Una sociedad de mierda, una ciudad de mierda, un trabajo de mierda, unas relaciones de mierda… una vida de mierda. Los demonios suelen ser unos capullos que no dejan títere con cabeza. No se salva nadie. Ni yo. El ego tirado por tierra. Y te sientes una auténtica mierda.

Entonces tiro de música, o de algun libro, o alguna película. Verdaderamente es lo que nos salva en esos momentos. Y no pensar mucho. Porque se me instalan proyectos en la cabeza y no me siento con fuerza para llevarlos adelante. Sé que septiembre es un buen momento, por eso de comenzar el curso, de hacer una lista. Los To Do para este curso, aunque luego se vayan posponiendo mes a mes. Porque este año intuyo que va a venir lleno de trabajo burocrático. Con un curso que no sé si tengo muchas ganas de hacer, con poco tiempo para otras cosas. Eso intuyo. Y cuando llevo ya varios años dándole la vuelta a las cosas (cambia de instituto, cambia de nivel educativo, cambia de materias…), pero ya no te quedan más vueltas que dar, igual lo que tienes que hacer es tirarlo todo y empezar un nuevo ovillo. Aunque no está la vida fácil para hacerse artesana a estas alturas, siento que es necesario, más que nunca, esa slow life que ansiamos.

Ana

Descubro (no sin sonrojarme) en su muro de facebook (que apenas utiliza) que hace seis años cumplió 50. En las sesiones, siempre me pregunto qué edad tendrá. Quizás porque tiene un cuerpo de adolescente y carita de niña, de esas que siempre sonríen. Le echaba quince menos, sin exagerar. Mi chamana. La que me ayuda a encontrarme cuando me pierdo. La que me envía flores o me recomienda un libro, o una película, o una música.

Aunque hemos coincidido poco, creo que el hecho de tener un (buen) amigo común nos unía especialmente. Antes de recibirme (normalmente) ha tenido una visión. Suele ser con una virgen, me dice. «Una virgen viene a verme». Habla de las mujeres de luz, de lo que despertamos, de lo que aunamos, de la armonía que se forma alrededor nuestra. Suele explicarme anécdotas personales, y siempre, por alguna razón, acaba hablando de su marido. Yo la miro y la admiro. Y me da cierta envidia. Esas parejas que no pueden (y deciden) no tener hijos. Y se complementan así. Con amor. Con proyectos. Hacía poco que se habían mudado a una casa, en el Maresme.

Tenía sesión con ella este miércoles. Pero me escribe para decirme que por un problema familiar grave, tiene que anular todas las visitas, y que ya se pondrá en contacto conmigo cuando pueda. Cuando pueda. A estas edades, piensas en sus padres, o incluso en algo personal. Pero tras intercambiar otro mensaje con ella, me dice que su marido ha fallecido, en un accidente. Y así, de repente, me viene toda la tristeza. Y lo único que siento es que no puedo salvarla del dolor. Pero es que no podemos salvarnos ni de nuestros propios dolores. Ojalá mis lágrimas pudieran evitar algunas de las suyas. Ojalá mi tristeza pudiera conseguir que la suya sea menos intensa.

Si la conociérais. Es tan bonita. A mí me recuerda a Mariluz. Cuando Mariluz era Mariluz. Incluso la forma de moverse, de vestirse, de hablarme… Me recuerda tanto que en una de las sesiones, en que yo iba decidida a hablar de mi trabajo, de mi necesidad de cambiar, acabamos hablando de la locura, y de la posibilidad de dejar que cada uno viva sus propias locuras.

Y yo tengo unas ganas inmensas de darle un abrazo. Pero sé que me va costar. Y que nos va a costar, encontrarnos. Ana, mi chamana.