Slow Life

Hoy hablaba con mi tía sobre la posibilidad de invertir en algo. Tiene una amiga (muy beata) cuyo hijo invierte en marihuana. No es que esté cultivando unas plantitas para tener unos cogollitos para consumir (que mira, hasta me parece interesante). No. Es que le llaman invertir en cannabis medicinal, en EEUU, donde ya es legal bajo esta fórmula. Yo entonces recordaba cuando alguien me ha dado la posibilidad de invertir en bolsa (eso de «si tienes mil euritos que no necesites… yo sé dónde colocarlos»). Mil euritos míos y mil euritos de otro, y mil euritos de otro… enriquecemos empresas que invierten en armas, o en drogas o en fondos buitres… ¿Esa es la sociedad que queremos?. Pues yo no. Paso.

Mi estrategia va hacia otro sitio. No da más dinero, pero a mí me ofrece la posibilidad de sentirme alineada con una vida más «slow». De entrada, molaría que la gente tuviese platos artesanales, o tazas hechas en un torno por un alfarero, o calcetines de lana tejidos a mano… ¿no? Si cada uno formase parte de algo auténtico y único, y hecho por uno mismo… Sea un cuadro, unos pantalones, un jersey de lana…. Esto también es parte de ese movimiento Slow Life: parar la marcha, reducir, disfrutar de las cosas sencillas. De los amigos, de las parejas, de las relaciones, incluso de las series que vemos en la tele. Pero todo es tan rápido, que hasta podemos hacernos un maratón y vernos siete capítulos en un fin de semana. La inmediatez nos está matando por dentro.

Mis tazas son rústicas, sencillas, hechas una a una con amor. En cada una cuido todos los detalles, desde la forma del asa, la mezcla de los esmaltes (los esmaltes salen un poco a su bola, la verdad, pero eso es cosa de la química que no controlo), estampar la firma… Es un gustazo (y un lujazo) poder disfrutarlos. La sensación de comer (y beber) en las tazas y platos hechos por ti.

Recuerdo cuando estudiaba joyería, que una compañera se puso en seguida a vender piezas. Era un poco chapuza (todo hay que decirlo) y aunque tenía buenas ideas para diseñarlas, la pieza final no solía tener un buen acabado, y en poco tiempo se acababa rompiendo o desmontando. Yo nunca me sentí suficientemente segura y nunca vendí nada. Como mucho, regalé algunos colgantes y algunos pendientes, pero nada relevante. Sin embargo, con las piezas de cerámica tengo otra sensación. Algo así como que da muchas más posibilidades. Me siento más segura (aunque no del todo, todo lo veo torcido o mal acabado), pero al menos sí siento que esa parte rústica del acabado tiene posibilidades. Y me gusta (enormemente) comer en estas piezas. Ya hace unos meses que tengo «mi taza» para el café de la mañana.

Yo, si tuviese mil euritos de sobras, me compraba un torno y la entrada de un horno. Eso sí es inversión en una sociedad un poco mejor. A cambio, hago tazas a los amigos y al que me lo pida (ahora estoy pensando si esta idea podría dar para un crowdfunding!!). También necesito un espacio, aunque tengo una idea, allá en el norte, mirando el mar. Cómo echo de menos ese mar….!!!

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