Madre no hay más que una

Aunque nos empeñemos en que podemos ser dos.

Apenas tiene cuatro años y hoy hace dos meses que la apartaron de su madre. Su madre, la que la llevó en las entrañas, aunque lo negara. La que la parió sola, en casa, y cortó el cordón con un cuchillo de cocina. La que se planteó adoptarla (y antes incluso abortarla), pero luego vio su carita y no pudo. Madre es ella. Yo soy sólo algo postizo. Y la quiero más cada día, porque además es una superviviente y se hace querer, porque necesita que la quieran, pero soy un añadido en su vida. E intentaré con todas mis fuerzas evitarle los máximos dolores, igual que haré con Maria, aún sabiendo que hay algunos que no le podré evitar.

Y estoy tan orgullosa de Maria, que de repente se ha convertido en la hermana mayor. Y se come los celos en días como hoy, en que Sara aguanta todo y me dice que no ha llorado cuando ha visto a su mamá, que le ha dicho adiós con la mano y me insiste que no ha llorado, que es una campeona y me sonríe, y me abraza. E incluso hemos podido esta vez poner estrellas en el calendario en las próximas visitas que haremos a su madre. Pero llega la noche y se sienta en la cama y le digo que vamos a dormir y se pone a llorar desesperada y me abraza. Y entonces Maria se encela y llora también y cuando se da cuenta se tumba junto a ella, le da la mano, les leo un cuento, sonríen y se duermen juntas. En días como hoy, me siento en el suelo de su habitación, a semioscuras, las miro y sonrío y pienso que qué bonito es tener una hermana que te dé los abrazos  (y también los pellizcos) que otros no han sido capaces de dar.

 

Sara

A mí me gusta madrugar. Creo que es uno de los placeres que he descubierto con la maternidad. Yo era de trabajar hasta tarde. Quedarme a leer hasta las tantas y dormir durante la mañana. Pero con el tiempo…. con el tiempo prefiero despertarme con las primeras luces. Tomarme un café despacio junto al ventanal y ver cómo la ciudad despierta. Sentir el frío de la mañana mirando de cara a la montaña, con la vista de los tejados al frente y reconocer aquí y allá las diferentes torres que se alzan sobre el mar de tejas.

Las niñas duermen. Decir las niñas, así en plural, me emociona. La llegada de Sara a nuestras vidas ha supuesto un enorme  cambio. Es despierta y divertida, y aunque al principio no quería saber nada de mí, poco a poco se hace a la idea que voy a ser su referente durante mucho tiempo (en el fondo del corazón espero que para el resto de mi vida, pero con las acogidas hay que estar preparada para una posible devolución a las familias de origen). Estas semanas han sido difíciles y duras, pero sé que, en breve, estaremos bien. Maria, así de repente, se ha convertido en hermana mayor. Yo la miro y no me creo que ya no sea mi bebé. Pero ella prepara con amor la ropa de Sara, la ayuda a vestirse, a bañarse, a comer. Se insultan y pelean como hermanas y se nos cae todo al suelo cuando Sara, entre inocente y pilla le pregunta: “Maria, vols ser la meva germana?”. Se dan besos y abrazos al mismo ritmo que pellizcos y empujones. ¿El amor de hermano era eso? A mí me da cierta envida esa complicidad que se está estableciendo entre ellas, porque hasta empiezan a ignorarme, y a engañarme para comer más chocolate del que toca o comer menos brócoli del que les he puesto en el plato. La casa está patas arriba… pero siento que es lo de menos.

 

 

 

Carlos Fuentes

Un día como hoy, hace 6 años, moría Carlos Fuentes en Ciudad de Mexico. Aunque nació en Panamá, su vida fue un deambular por toda Latinoamérica hasta establecerse finalmente en México, que era realmente su tierra de origen. Su vida está llena de dolor, y si alguien indaga un poquito en su biografía puede entender que enterrar dos hijos son dos grandes puñaladas. Sus cenizas descansan junto a ellos en el cementerio de Montparnasse

Hace días encontré este escrito, que se atribuye en diferentes sitios a Carlos Fuentes. Creo que vale la pena leerlo

“Hay una ruptura en la historia de la familia, donde las edades se acumulan y se superponen y el orden natural no tiene sentido: es cuando el hijo se convierte en el padre de su padre”. Es cuando el padre se hace mayor y comienza a trotar como si estuviera dentro de la niebla. Lento, lento, impreciso. Es cuando uno de los padres que te tomó con fuerza de la mano cuando eras pequeño ya no quiere estar solo. Es cuando el padre, una vez firme e insuperable, se debilita y toma aliento dos veces antes de levantarse de su lugar. Es cuando el padre, que en otro tiempo había mandado y ordenado, hoy solo suspira, solo gime, y busca dónde está la puerta y la ventana – todo corredor ahora está lejos. Es cuando uno de los padres antes dispuesto y trabajador fracasa en ponerse su propia ropa y no recuerda tomar sus medicamentos. Y nosotros, como hijos, no haremos otra cosa sino aceptar que somos responsables de esa vida. Aquella vida que nos engendró depende de nuestra vida para morir en paz. Todo hijo es el padre de la muerte de su padre. Tal vez la vejez del padre y de la madre es curiosamente el último embarazo. Nuestra última enseñanza. Una oportunidad para devolver los cuidados y el amor que nos han dado por décadas. Y así como adaptamos nuestra casa para cuidar de nuestros bebés, bloqueando tomas de luz y poniendo corralitos, ahora vamos a cambiar la distribución de los muebles para nuestros padres. La primera transformación ocurre en el cuarto de baño. Seremos los padres de nuestros padres los que ahora pondremos una barra en la regadera. La barra es emblemática. La barra es simbólica. La barra es inaugurar el “destemplamiento de las aguas”. Porque la ducha, simple y refrescante, ahora es una tempestad para los viejos pies de nuestros protectores. No podemos dejarlos ningún momento. La casa de quien cuida de sus padres tendrá abrazaderas por las paredes. Y nuestros brazos se extenderán en forma de barandillas. Envejecer es caminar sosteniéndose de los objetos, envejecer es incluso subir escaleras sin escalones. Seremos extraños en nuestra propia casa. Observaremos cada detalle con miedo y desconocimiento, con duda y preocupación. Seremos arquitectos, diseñadores, ingenieros frustrados. ¿Cómo no previmos que nuestros padres se enfermarían y necesitarían de nosotros? Nos lamentaremos de los sofás, las estatuas y la escalera de caracol. Lamentaremos todos los obstáculos y la alfombra. Feliz el hijo que es el padre de su padre antes de su muerte, y pobre del hijo que aparece sólo en el funeral y no se despide un poco cada día. Mi amigo Joseph Klein acompañó a su padre hasta sus últimos minutos. En el hospital, la enfermera hacía la maniobra para moverlo de la cama a la camilla, tratando de cambiar las sábanas cuando Joe gritó desde su asiento: Deja que te ayude. Reunió fuerzas y tomó por primera vez a su padre en su regazo. Colocó la cara de su padre contra su pecho. Acomodó en sus hombros a su padre consumido por el cáncer: pequeño, arrugado, frágil, tembloroso. Se quedó abrazándolo por un buen tiempo, el tiempo equivalente a su infancia, el tiempo equivalente a su adolescencia, un buen tiempo, un tiempo interminable. Meciendo a su padre de un lado al otro. Acariciando a su padre. Calmando él a su padre. Y decía en voz baja:

– ¡Estoy aquí, estoy aquí, papá! “Lo que un padre quiere oír al final de su vida es que su hijo está ahí”.

La paz de Pilar

Pilar es un poco más joven que yo. Diría que empezó la carrera un par de años más tarde, pero finalmente coincidimos en algunas asignaturas de los últimos cursos. Hizo un Erasmus en Inglaterra y aunque regresó a hacer algun examen pendiente finalmente se quedó a vivir en UK. Yo pasé unos meses en Reading, justo cuando acababa de nacer su primer hijo. Kidam va a hacer ahora 12 años y Pilar lleva viviendo allí casi 20.

Yo no sé si es la cadencia con la que habla, el acento medio inglés que la ha adoptado, la vida en una zona residencial…. o algo que lleva ella, pero me da una paz  como nadie es capaz de transmitirme. Esto de las amistades es complejo, porque no siempre necesitamos lo mismo de las personas que nos rodean y eso a veces nos hace alejarnos de ciertos amigos, aunque en el fondo sepas que son amigos de alma. Pero de Pilar nunca he tenido necesidad de distanciarme. Ella está. Es dulce y acogedora, y a pesar de su altura (es un hecho que las mujeres altas/grandes no despiertamos la misma ternura), la abrazarías hasta el infinito (y más allá).

Estoy ya de vuelta en casa, pero la echo mucho de menos.

Madre

El invierno pasado se le rompió la espalda. Así, sin más. Sin caída ni nada. Parece ser que fruto de la osteoporosis. Quedó paralizada de diafragma hacia abajo. Perdió toda la autonomía que tenía. Entró un tiempo en una normalizada tristeza, que no podría asegurar llegase a depresión porque está completamente inmunizada medicamente a la depresión y a la ansiedad. A ratos lloraba, de esa manera que ella sabe hacer y que sabe que a mí me da tanta rabia. Viniendo de ella, de mi madre, nunca me he creído sus lágrimas. Qué injusta siento que he sido con ella en ese sentido, pero siempre he creído que es la mujer fuerte, optimista y alegre que es, así que me parecen imposiblen sus tristezas. Diría que no sabe llorar.

Hace un mes tuvo una neumonía. Yo la vi cómo decaía en la camilla de urgencias por momentos y en cuestión de horas el médico me decía que era muy complicado, que no veía que evolucionase favorablemente y que lo mejor, en su situación, era que ella estuviese tranquila. No había posibilidad (ni tampoco queríamos) de UCI, ni entubarla, esperando un milagro que, el médico repetía, no se produciría. A cambio, le inyectaron un antibiótico de amplio espectro y sólo quedaba esperar a que ella reaccionase. O eso, o lo peor. Nos metieron en un “box” en urgencias (después de varias horas de pasillo) y estuve toda la noche a su lado. A ratos tocaba su corazón, y comprovaba aliviada que aún funcionaba. A duermevela me venían imágenes de mi abuela (su madre) y de la abuela Concha (su abuela paterna). Yo les pedía en sueños que me la dejasen cinco añitos más. Se despertó en la mañana preguntando si allí no se desayunaba, y yo reía pensando que lo peor había pasado.

Ayer me envió un video caminando con el caminador. No sé de dónde saca toda esa fuerza, esa energía, esas ganas de conseguir lo que se propone, pero puedo asegurar que así ha sido también conmigo. Ella siempre ha sido mi hélice.

 

Ushuaia

ushuaia-1200_optSi hay algún viaje pendiente es la Patagonia. Lo tengo en la cabeza desde que vi la película La puta y la ballena. Las imágenes (la fotografía) son (es) tan impactante que no pude evitar hacer de inmediato un click en la carpeta de pendientes. Ya me llamaba la atención la Patagonia, y el Perito Moreno, y todo lo que huela a fin del mundo. Y si hay algún sitio concreto al que quiero viajar, es a Ushuaia. No sé explicar qué me remueve en el estómago esas casas de colores, esas montañas poderosas que huelen a nieve perpetua y esa idea de estar en uno de los confines del mundo. Argentina bien vale un mes. O una vida.

Debe ser que ahora estoy impactada porque alguien que conocí hace tiempo está en Ushuaia, esperando para embarcar en un rompehielo que lo llevará a la Antártida (me das mucha envidia…. que lo sepas). Yo siempre pensé que a la Antártida sólo van científicos locos y pingüinos, pero se ve que no, que ahora puedes ir de turista.

Aparte, la lista de cosas que hacer en Argentina (algunas topicazos, claro):

Y una ve todas estas fotos… y dan ganas de comprar mañana mismo un billete de avión.

 

 

 

 

La vida en un chalet adosado

63531027El aburrimiento (de dormir) consigue que me despierte a las cuatro de la mañana. He descubierto que es mi hora más creativa, pero antes me esperaba despierta a que llegase y ahora me despierto en la madrugada.

Aún en la cama, reviso correos, doy una vuelta por las redes sociales y leo blogs. Y saltar de una a otra cosa me lleva a acabar leyendo unas notas de alguien en el Facebook. No tienen más pretensión que dar visibilidad a lo cotidiano, pero de tan sencillo que es me parece precioso. Y es que uno puede tener una vida maravillosa en un chalet adosado de las afueras de Madrid.  Y explica las enfermedades comunes de sus hijos o la salida al cine con su mujer como algo realmente extraordinario. Ese debe ser el truco, me repito, mientras imagino otra vida saltando de continente en continente, que es lo que a mí realmente me parece extraordinario.

Y me pregunto qué hubiera sido de mi vida sin Maria. Lo hago desde el absoluto convencimiento de que los hijos nos salvan del abismo porque nos anclan a la vida. Pero también nos cortan las alas, si alguna vez tuvimos, para volar libres. Con la sensación de que traen lo mejor y lo peor con ellos. Y que es nuestro trabajo (duro) balancearnos en el equilibrio necesario para no tirarlos por la ventana en alguna ocasión (este comentario viene desde la  visión de la preadolescencia que habita esta casa). Y aunque intento convencerme que no, que hay gente sin hijos con vidas sencillas (de hecho, la mayoría de mis amigos que no tienen hijos tampoco tienen muchas más historias que contar que yo) y gente con hijos con vidas complicadas (escojo complicadas por no repetirme), no puedo evitar caer en el error continuamente.

Quizás por eso he empezado a estudiar árabe. Y estoy leyendo cosas que antes nunca me interesaron (como la Constitución y la legislación de la Unión Europea), entre lavadora y lavadora y corrección de examen. Porque continuamente sueño con otra vida, en mi empeño por no ser feliz.