El verano

Días de calor. Tardes de mecedora. Leer un libro tras otro, libros pendientes que han ido quedando durante el año en estanterías. Regresar a la tierra donde sientes que perteneces, a la que algún día volverás, aunque sea mezclada con agua. Que el tiempo pase y se convierta en infinito. No hacer nada. Ver cómo se pone el sol, cómo aparece el sol. Que te traigan el pan a casa. Ver una película hasta las tantas. O dos. Descubrir algún lugar nuevo. En otro idioma. Soñar nuevos proyectos. Caminar por el bosque, entre eucaliptus y castaños.

Los colgantes

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Estos días ando desenvolpando viejos proyectos. Entre ellos han aparecido estos colgantes que hice hace más de diez años. Estudié joyería en la Escola Massana y en la Escola Industrial hice un curso de taller. Necesitaba en ese momento (siempre lo he necesitado) hacer algo con las manos (el SQL y el PHP me acaban cansando). Sin embargo, el placer que produce crear algo como estos colgantes, no puedo explicarlo. Están hechos con cera y una técnica que le llaman microfusión o fundición a la cera perdida. Dibujaba los nombres sobre un papel de cebolla y los repasaba con cera y un soldador de estaño. Una vez tenía el molde en cera, los llevábamos a algún taller donde hubieran las máquinas de microfusión. Te los devuelven llenos de rebabas y hay que aplanarlos, limarlos, lijarlos y acabarlos. En esa época, regalaba los colgantes y los pendientes, y nunca pensé en serio sacar un rendimiento económico. .

Los colgantes que he encontrado están todos por acabar (excepto el mío, que aunque está sucio, me lo pongo). Lidia y Juani eran amigas de aquel entonces, a las que por diferentes motivos les he perdido la pista. Marta era una sobrina postiza que dejó de serlo. Y Valentina era la dueña de las panaderías Valero, que fue mi compañera de habitación de hospital  cuando me operaron. Prometí ir a verla, pero la verdad es que cuando salí de aquel hospital llegó una mala época y perdí el contacto. El otro día hablando con la panadera cerca del cole de Maria le pregunté si conocía a Valentina. Debe estar jubilada, o quizás peor. Pero me dio el teléfono y tengo pendiente llamarla. No sé si intentar acabar el colgante, a pesar que no sé dónde tengo la mayoría de herramientas (la mesa de joyero la vendí, el tas lo regalé… aunque aún conservo los juegos de limas y limatones, incluso algunos mangos y algunas herramientas)

El dolor (I)

Después de la Navidad su espalda se partió por la mitad. La lesión medular que le produjo le impide caminar, entre otras cosas. Y la lesión degenerativa del frontotemporal le impide conseguir una mínima recuperación, como otros intentarían.

No la culpo, pero qué rabia siento. Y qué dolor. Nadie sabe el dolor que me produce  mirar en sus ojos azules y no encontrarla. Ya hace tiempo que no la encuentro. Siento que una intrusa ocupó su cuerpo. Es la que le anima a repetir continuamente las cosas, hasta el punto de convertirse en la gota malaya que implosiona dentro mío y me convierte en lo peor. A nadie le deseo una enfermedad mental. Pero sobretodo es algo que ella nunca se deseó para sí misma, y repetía continuamente, ya entonces, que el destino le trajese cualquier cosa, menos perder la cabeza. Porque sabía, por profesión, cómo éstas evolucionan.

Yo escudriño en sus ojos. A veces hacen gestos que me recuerdan a la mujer que fue. No puedo evitar amarla, cómo sólo una hija puede querer a una madre. Una madre que quiso, que estuvo, que protegió (a veces incluso demasiado). Todo a su manera. ¿No somos todas las madres así, amantes a nuestra manera?. Y no sé qué hacer para evitarle dolores, para que todo sea más lento, para que no haya demasiadas infecciones, para que no haya tanto dolor emocional… Pero no sé qué voy a hacer yo con el vacío que me quedará cuando ya no esté. Porque aunque de alguna manera ya esté marchándose, voy a visitarla, le cojo la mano, la miro a los ojos, nos reímos juntas, nos lloramos juntas, me apoyo en ella en ese sillón donde permanece semi-inmóvil y hacemos como que estamos bien.

Las grandes virtudes

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Leo a Natalia Ginzburg y no puedo más que asentir.

Porque una siente que la felicidad está en las pequeñas cosas, pero después de leerla a ella, hay que reconocer que para alcanzarla (la felicidad) hace falta haber sido educado en las grandes virtudes, porque son las grandes virtudes las que nos harán disfrutar de las pequeñas cosas.

Un extracto de  LAS PEQUEÑAS VIRTUDES de Natalia Ginzburg:

Por lo que respecta a la educación de los hijos, creo que no hay que enseñarles las pequeñas virtudes, sino las grandes. No el ahorro, sino la generosidad y la indiferencia hacia el dinero; no la prudencia, sino el coraje y el desprecio por el peligro; no la astucia, sino la franqueza y el amor por la verdad; no la diplomacia, sino el amor al prójimo y la abnegación; no el deseo de éxito, sino el deseo de ser y de saber.

Sin embargo, casi siempre hacemos lo contrario. Nos apresuramos a enseñarles el respeto a las pequeñas virtudes, fundando en ellas todo nuestro sistema educativo. De esta manera elegimos el camino más cómodo, porque las pequeñas virtudes no encierran ningún peligro material, es más, nos protegen de los golpes de la suerte. Olvidamos enseñar las grandes virtudes y, sin embargo, las amamos, y quisiéramos que nuestros hijos las tuviesen, pero abrigamos la esperanza de que broten espontáneamente en su ánimo, un día futuro, pues las consideramos de naturaleza instintiva, mientras que las otras, las pequeñas, nos parecen el fruto de una reflexión, de un cálculo, y por eso pensamos que es absolutamente necesario enseñarlas.

Si queréis leer el texto completo, lo encontráis transcrito AQUI. Pero si queréis el libro entero podéis acercaros al Librerio de la Plata a comprarlo.

Echo de menos Berna

bernaEcho de menos Berna. Apenas estuve unas horas, y puedo asegurar que es la ciudad más amable que he visitado.

Me pareció elegante y culta.

Sería sencillo vivir en una ciudad como Berna, donde la mayoría de las casas están rodeadas de jardines y bosques, abrazada por un río y sin tránsito exagerado.
Su centro semipeatonal, en que conviven perfectamente peatones, ciclistas, tranvías y coches. Sus plazas amigables, a pesar de lo duras que parecen. Sus jardines discretos y sin pretensiones (nada que ver con los jardines londinenses). Sus casas salidas de un decorado para un cuento de Hansel y Gretel. Su silencio. Amo las ciudades silenciosas.

Si alguna vez me he rendido ante una ciudad, creo que ha sido Berna.

Para más, este video.

 

La mujer más fuerte del mundo

x466Cuando la conocí me pareció la mujer más fuerte del mundo. Acababa de perder un hijo, y no la vi nunca derramar una lágrima. En realidad, nunca había derramado una lágrima. Totalmente ajena a los dolores, no le producían absolutamente nada las emociones. Tampoco había nada que pareciese hacerla feliz. Las montañas emocionales que yo era capaz de vivir, entusiasmado por cualquier pequeño detalle o sumido en la miseria más grande si tenía algún contratiempo, ella nunca las sintió. Y yo la miraba maravillado, como los sufrimientos y las felicidades iban pasando junto a ella como si fuese una película.

Toda su incapacidad para demostrar el amor y el odio  se veía compensada con la capacidad para detectar cualquier olor. Como si hubiese convertido los “dolores” en “olores” y la pérdida de esa “d” le hubiera permitido crear un extraño resorte. Uno de esos días, sumido en mi tristeza, en que se me escaparon varias lágrimas viendo una película (he de reconocer que soy de lágrima fácil) ella se acercó y suavemente recogió en la yema de su dedo índice una de mis lágrimas. Se la acercó a la nariz y para mi asombro, la olió. Su cara se transformó. De sus gestos se desprendieron muecas que parecían verdadero dolor. Creo que fue el día que más expresiva se mostró conmigo. Hizo un comentario sobre la película que estábamos viendo, sobre la tristeza que le producía, y yo sonreí.

Llevamos tres años guardando lágrimas enpequeños botes de cristal. Hay lágrimas de todo tipo: lágrimas de alegría y de dolor, de tristeza y de esperanzas, de nostalgia y de felicidad. Primero recogíamos sólo mis lágrimas. A las pocas semanas empezamos a pedir lágrimas a los familiares y amigos más cercanos.Últimamente nos hemos atrevido a pedir lágrimas a conocidos. Etiquetamos los botes con el nombre de la persona que derramó la lágrima, el momento en que lo hizo y si es posible, el motivo. Tenemos las lágrimas de mi sobrina cuando su marido le pidió que se casara con ella en una cena de Navidad, tenemos las lágrimas de su hermana, cuando enterraron a su padre, tenemos las lágrimas de mi hermano, cuando nació su primer hijo…

A veces me mira y se levanta suavemente del sofá, escoge uno de los botecitos y derrama una lágrima en su dedo. La olfatea y llora. No podría asegurar que sienta lo mismo que la persona que fue el dueño de la lágrima, pero sus lágrimas parecen diferentes cada vez.

De lágrimas y hospitales

Los hospitales pueden ser un analgésico para los dolores ajenos. Estar ocupado en los propios, te hace menos empática. Quizás por eso, cuando lo vi, recogiéndose las lágrimas con un pañuelo de papel, no se me ocurrió preguntarle si estaba bien. Una sabe que de alguna manera las lágrimas corresponden a un diagnóstico, más o menos acertado, más o menos fatídico… Pero no es tuyo, ni de los tuyos.

Debía tener algo más de 30 años, barba cuidada y mirada infantil. Debe ser uno de los pocos sitios donde se permite llorar a los hombres, y a pesar de todo, siempre sorprende. Pero era discreto, y apenas aparecía algo húmedo en el lagrimal, lo arrasaba con un trocito de celulosa. Hasta aquí llega la timidez de las emociones.