Yo confieso

Llegar a casa tiene ese momento de reconocimiento del olor propio. Será que he encontrado una tiendita detrás de casa donde venden el incienso que más me gusta  y es tan difícil de encontrar. Pongo a Rene, de fondo. Salento. Que resulta que es la región de Italia que ocupa justo el tacón de la famosa bota. He dejado el periódico a medias. Hoy, que era martes, le pregunto al kioskero por el suplemento (del domingo). Se ríe y me dice: “ya pasa, ya….”. Suelo comprar el diario sólo los domingos. Y leerlo en alguna terraza acompañada de un café. Que Maria tenga casi cuatro años favorece que una vaya recuperando de a poco su vida. Aunque todo es lento. Muy lento. También se une el tema madre, aún no resuelto. Y poca resolución tiene. Ahora ando buscando otra residencia porque la “echan” de la que está. Convivir con una demencia frontotemporal es complicado, y más si las personas que la acompañan tampoco están preparadas. Pero en este país últimamente hay tantas necesidades, que ésta parece la menos urgente.

Yo confieso: menos mal que nos queda la literatura. Y René Aubry.

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El Liceu

El sábado vamos al Liceu. A ver Petruixka, Maria y yo. Hace tiempo que compré las entradas. Platea, fila 2. Será la segunda vez que vaya al Liceu. La primera fue Turandot, hace mil años, con Estrellita. Buscando en el correo las entradas que compré para el sábado, aparecen mails de él.  Releo sus mails y todavía lloro. Aún no lo entiendo, cuando lo pienso no lo entiendo. Y me encuentro con una foto que le envié hace mil años, cuando Maria era un bebé. Habíamos quedado para cenar y yo le intentaba demostrar lo incómodo que resulta cenar con una recién mamá y su bebé… :).
La foto me la hizo mi cuñado Alberto (cuñado por parte de prima, que en realidad no tengo hermanas, aunque tenga casi-hermanas). Él me envió otra, sacándome la lengua. Lo miro, y sí, me da la llorera. Hace casi un año que no nos vemos. Quizás no nos volvamos a ver más, aunque en ese momento sentí (a ratos) que me hubiera gustado hacerme viejita a su lado.

Espero que después del sábado, ya no recuerde nunca más Turandot. O mejor de todo: a ver si traen de una puta vez Tosca a algún sitio, voy (aunque sea sola) y se acabó del todo Turandot y su puto Nessum Dorma. Cuando estuve en Madrid, la estaban representando en el Real, pero es uno de esos teatros que parece “palabras mayores”. Quizás algún día me dé por ir. Lo siguiente sería Aida en la explanada delante de Guiza. Creo que es en invierno que la representan. Y sí, una de tantos sitios a dónde prometió llevarme. Iré. Sé que iré. Aunque sea con el imserso (si es que aún existe de aquí a 40 años….)

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La crisis cercana

Mis padres aún conservan un garaje en Rubí. Es un local lleno de trastos de diferentes mudanzas. Aún hay allí cajas y cajas de una vida que ya apenas recuerdo.
Hoy acompañé a una amiga que necesita un colchón. Va a alquilar su piso por habitaciones porque tiene miedo de no poder hacer frente a la hipoteca. Ella se va a vivir con su hermana. Le cuadran los números, siempre que sus nuevos inquilinos le paguen puntualmente, no le destrocen nada ni dejen grifos abiertos ni calefacción puesta todo el invierno. Así estamos. Ella ya se ha hecho a la idea, pero un cierto desasosiego inunda la calma.
Volver a abrir ese garaje me abre una puerta al pasado. Y más si tengo que rebuscar en cajas (una colcha, o una manta para vestir ese colchón y ese sommier con patas). En una caja aún andan los juegos de mesa. Ambos éramos aficionados: al Go, al Abalone, a solitarios de madera, al Tangram, a rompecabezas matemáticos, al Pictionary con amigos…. Y entonces recordé que teníamos una estantería en una esquina con todos aquellos juegos que ahora se llenan de polvo en una caja.
No sé si es la luna, la manifestación de ayer, las cajas no abiertas, las ecuaciones no resueltas, la decepción del viernes, la movida con mi madre, la mudanza obligada de una amiga, que mañana es lunes… pero ando removida.

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La cita a ciegas

Hacía tiempo que no me atrevía a esto de una cita a ciegas. Sigo pensando que conoces mejor a alguien en el día a día que por un perfil que siempre acabo idealizando en algún portal en internet. Pero el tipo prometía y me dije a mí misma que por qué no. Quedamos en la plaza Sant Pere, que es uno de esos lugares mágicos para mí. Me espera sentado en las escaleras de la iglesia (aún sonrío, porque con Juan quedé aquí, y me esperó en un banco leyendo el periódico). Está nervioso, porque no acierta a apagar el iphone-ipod que lleva enganchado. Es más bajito de lo que decía, y más calvo de lo que se intuía en sus fotos. Y sabía que no me iban a gustar sus manos. Demasiado blancas, demasiado pequeñas, demasiado finas. Creo que con el tiempo me estoy volviendo más exigente. Paseamos y tomamos una cerveza en una terraza. Comemos en la Candela. Me envuelve con su vida sorprendente pero no es tan egocéntrico como Estrellita y me escucha y me pregunta continuamente por la mía. Se toca la barbilla de la que sale un puñado de pelusa más o menos organizada. Me sigue pareciendo interesante, aunque menos culto de lo que prometía, y menos elocuente. Me invita a su casa, aquí al lado, a tomar café.  Me esperaba una casa grande y repleta de estanterías. Es pequeña, pero de techos altos (unos seis metros diría). Y sí, está repleta de libros antiguos amontonados por el suelo. En el spotify suena Rene Aubry. Fantástica la música para un café. Los objetos son magníficos, los pocos muebles están repletos de historia. Algunas personas necesitamos rodearnos de determinados objetos que llevan impregnados la vida que hemos tenido. La carcasa me gustó (quizás mucho más que la semilla), así que me vuelvo fácil cuando me besa. El café se quema y acabamos hechos un ovillo en la cama que hay en un altillo. Demasiado rápido pero correcto. Yo tampoco tengo tiempo para más. Lo bueno de follar con un desconocido es que no es necesario dar muchas explicaciones (ni antes ni después). Se disculpa por la rapidez. No importa, le digo, es lo que tienen las urgencias. Nos soplamos lo ojos, nos vestimos, nos tomamos el café. Le digo que la casa es preciosa y nos despedimos. El ciao es tan recurrido y resulta tan frío, que lo dice todo.  Sé que no volveré a verlo, así que borro su teléfono de mi agenda. Me hubiera gustado otra cosa, pero creo que en realidad no dio para más. En lo más adentro igual sí que siento que no me vuelva a localizar.

Al salir de su casa, atravieso el pasaje Sert. Un día soñé que vivía aquí. Pero fue un mal sueño. Tengo dieciséis llamadas perdidas en mi móvil. Catorce son de mi madre. Pero eso da para otro post.

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En Madriz

Primera impresión: recuerdo a Estrellita criticándome sus compañeros de viaje en la mayoría de aquellos primeros trayectos Madriz-Barcelona, cuando aún trabajaba el Nokia y el gigante finlandés no lo había despedido aún. Siento que la vida se escapa por la ventanilla de la izquierda. Comparo lo que hay afuera: campos, ríos, árboles… con la tecnología interna propia de este tren, en que se mezclan los smartphones con los portátiles, el bluetooth con las wifi, y las películas malas subtituladas (¿para qué te dan auriculares?). Maria me dijo ayer que quería que nos fuésemos a vivir con el abuelo, porque así vería a la Cuca todos los días. La cuca es una yegua comida a moscas de uno de los vecinos de mi padre. Me quedo con el detalle: ¿por qué una niña de tres años prefiere ver caballos todos los días que ir al cine, al teatro,….? Porque son más listos. Si supiese gallego ya iría tirando… El trayecto caminando desde Atocha a Puerto Toledo me trae mil recuerdos. La tienda de los muelles (donde igual encuentras un muelle para un boligrafo que para un avión), la Casa Encendida (donde yo entraba por la puerta de atrás cuando estaba dando cursos aquí), la Casa de Baños en la Glorieta de Embajadores, Ribera de Curtidores, la casa de Lola y finalmente el hotel. La habitación da al exterior, y me han dado una doble en vez de sencilla, así que la vista es justo Pontones: el centro médico donde me hice la primera ecografía. Dice Juan que debería impregnarme con sensaciones nuevas en vez de revivir las nostalgias, pero mis nostalgias me devuelven una sonrisa. Si los recuerdos son bonitos, vale la pena revivirlos.

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Hay una canción…

.. que últimamente tarareo mucho. È questa la vita che sognava da bambino?.

No, yo no. Nunca la vida es como nos imaginamos alguna vez que sería. Pero no estoy preparada para la incertidumbre, y sobretodo, no estoy preparada para algunas certezas. Me calman un puñado de cosas (aunque la lista cada vez es menor). Los besos de Maria al despertarse, la mano de mi madre cuando en algún momento de tranquilidad es capaz de mirarme a los ojos y decirme que me quiere (como una madre y no como una niña), llegar a final de mes y darme cuenta que aún me queda algo de dinero, un buen polvo y a falta de polvo un buen abrazo, un albariño rico y fresquito compartido con un buen amigo, las cervecitas de los viernes en casa de la tata Ana… (ahora que lo releo me doy cuenta que lo único que me calma es el alcohol, el sexo y el amor….)

Tengo otra clapa en la cabeza. Como tengo una buena melena ni se nota, pero la erosión más dura la llevo dentro. Mi médico (que hoy ha sonreído) me dice que haga yoga o algo de relajación, más deporte, que siga tomando los ansiolíticos y que no me preocupe, que todas las etapas de la vida pasan. Lo sé. Esto también pasará. Mientras me he permitido comprar un ramo de girasoles. Recuerdo que la primera vez que fui a Holanda me sorprendieron las casas que tenían los alféizares en el interior. Las ventanas quedan a ras de la fachada y eso hace que tengas un alféizar dentro para colocar plantas o un asiento mirando al exterior. Me encantó la idea y aún no entiendo porqué aquí no hacemos lo mismo :). La imagen de verme a mí misma sentada en una de esas ventanas es algo que se refleja de vez en cuando en la memoria, recordándome todas aquellas cosas que algún día pensé que querría hacer y no hice.

En la puerta del supermercado una chica de menos de 20 años permanece arrodillada con un cartel pidiendo dinero. Nunca me acostumbraré a estas cosas. Hay quien le reprocha que con la edad que tiene esté arrodillada, pero también hay quién le ofrece una barra de pan y embutido. Como si la escasez supiera de edades. Pasa un SLK, uno de esos descapotables como el que tiene Estrellita. Tampoco me acostumbro a las desigualdades. Y leo en el diario que la Generalitat tiene la intención de subir la luz y el agua. Ruego que alguien le sirva al señor Mas una ensalada con brotes de soja.

 

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De niña…

.. una de las cosas materiales con las que soñaba era tener una enorme biblioteca. Me imaginaba un pasillo largo lleno de estanterías cerradas por cristales llenas de libros. Casi lo conseguí. Con las mudanzas, me he dado cuenta de lo poco útil que resultan tantos libros, porque se necesitan muchas cajas y muchas ganas para trasportarlos, así que se han ido perdiendo algunos por el camino. El otro día descubrí que aún tengo dos o tres cajas en el garaje de mi madre esperando a ser abiertas. Son libros que alguna vez compartí con Albert, aunque tuvimos la precaución (casi desde el principio) de ponerle nombre a cada uno para diferenciarlos. Así fue más fácil el reparto. En esta casa tengo quizás la mitad de la mitad de la mitad de aquellos originales y aún así no tengo claro si resistiría otro movimiento de cajas (que seguro lo habrá) o vendo el piso (cuando pueda) con todo incluido.

Se me vuelve a antojar una biblioteca. Un pasillo largo lleno de estanterías repletas de libros. Un patio donde plantar el limonero que Mariajo me regaló y que ahora anda en casa de una amiga común, a la espera de ser replantado. Una habitación de color lila donde colocar la mecedora que ahora duerme entre trastos.  Y una ventana mirando al mar, aunque sea de refilón.

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Los 40

No se siente nada especial. Ya hace días que ando haciendo balance y aunque no hay saldo de momento, tampoco se siente una más vieja. Sólo es un día más. Aunque llevo tres días de celebraciones (más que un cumpleaños se me antoja una boda gitana).

Curiosamente me llaman amigos (y conocidos) con los que hace tiempo no tengo contacto. Me hace especialmente ilusión gente con la que compartí muchas cosas en Madrid y que luego han ido desapareciendo. Todos me dicen que piensan en mí. Y me lo creo. Es bonito que se acuerden de uno, pero sobretodo es bonito que te lo digan y que tú lo puedas sentir (en el oído y en el corazón). Luego hay gente que pensé que estarían en este aniversario y no han estado. Otros ni siquiera se han acordado: Estrellita. Me llega un mail suyo desde Argentina, donde está de vacaciones. Uno de esos mails colectivos explicando el periplo del viaje. Tiene una especial necesidad de explicar lo que hace en la vida este hombre. Como en un momento nos hace (a mí y a unos cuantos más) un resumen de su compañera de viaje: una señora mayor llamada María, argentina, pesada…. cuando él hubiera deseado (palabras textuales) un compañero de viaje agradable, delgadito y silencioso…. No he podido evitarlo y he enviado un mail (también colectivo) aprovechando que podía (aún no sé porqué) ver algunas direcciones ocultas (cosas de gmail, supongo)…Forma parte de eso que podría llamar “venganza”… aunque ahora me siento un poco absurda, porque en el fondo no es más que la rabia de que se haya olvidado de mi cumpleaños….

Muy interesante, amore…. aunque seguramente la señora Maria hubiera deseado al lado un tipo alto, guapo, con un pollote, simpático y discreto que no la criticase ante sus amigos… y fíjate la pobre: le tocaste tú….

La verdad es que ahora me arrepiento de haberlo enviado… Si es que soy gilipollas…

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Estoy…

…haciendo un nuevo blog. No no me mudo. Ir cambiando continuamente me está creando una ansiedad permanente. Sólo es un blog para poder comprender, para no olvidar y quién sabe si para poder ayudar a otros en la misma situación. Sólo tengo un boceto…. AQUI. Pero no puedo escribir muy seguido, ni buscar enlaces y leer por ahí sin ponerme a llorar… Así que dosifico.

El resto de cosas ahora mismo ha perdido un poco de sentido. Es muy duro ver como tu madre se pierde entre las calles de una ciudad que conoce, o pregunta continuamente algo que le acabas de explicar o repite una y otra vez algo que se le queda trabado en algún rincón de la cabeza. Físicamente sigue siendo ella, pero dentro es como si estuviera habitándola otra persona, porque ella se está yendo. Nadie puede entenderlo. Las noches que lloro a escondidas para que Maria no lo note y cómo me desborda cualquier problema doméstico pensando que mi madre ya me lo hubiera resuelto pero yo no soy capaz. La echo de menos. La echo tanto de menos. Y aunque ella me repita continuamente que me quiere mucho, lo hace con ojos de niña y no de madre.

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Banda sonora

Hace calor. Viajamos en un viejo descapotable rojo por una carretera larguísima. El sol roza el horizonte. El viento nos da en la cara…
Suena Bitte Bitte, de Phoenix Foundation

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