Vive a mil km, y en cambio a veces lo siento muy cercano. Mi padre mejoró con el tiempo. También influye tener una nieta. Debe ser ese instinto tonto de la descendencia. Me llama preocupado. Que si necesito algo. Yo, que siempre he sido muy orgullosa con él, le digo que no, que estoy bien. Sin estarlo. Lo necesitaría todo. Necesito otra vida, para vivirla de otra manera. Y una casa más grande. Y más tiempo para mí. Y que alguien invente una pastillita que cure las demencias. Pero le digo que no, que no necesito nada. Me tantea. Pregunta varias cosas y ahora soy yo la que duda que él esté bien. Nunca es fácil con los padres…. Espero ponérselo más fácil a la ranita que duerme conmigo.
Ella llora. Cuando es consciente de la situación, llora. Me repite que no quiere ser una carga. Que se siente una inútil. Que yo ya tengo bastante. Sólo se me ocurre darle un beso y decirle que no se preocupe, que lo que tiene que hacer es intentar salir, hacer cosas que le gusten y buscaremos la manera de ir trampeando el resto. Pero a ratos siento que no puedo más.
Para colmo hoy me han roto la ventanilla del coche y me han robado el tom-tom y la mochila del gimnasio. Lo suficiente para un dolor de cabeza. Otro. Dos horas para poner una denuncia. Dos más para que te pongan una ventanilla de plástico provisional hasta que llega el recambio de Madriz (¿?). Y dos más de llamadas aquí y allá, al seguro, al taller, a la putamierdamecagontogilipollas…..

En la vida, un día, se descubre lo esencial. No va más. Uno se pregunta “¿Por qué?…¿Cómo?…¿Qué estoy haciendo?…¿Adónde voy?…”. Y para sentirse en paz con uno mismo hay que parar de correr, tomarse tiempo para reflexionar, hacer tabla rasa de muchos hábitos, de una montaña de prejuicios, y no pensar más en el qué dirán que atenaza la existencia con un traje demasiado estrecho